La pitia, profetisa del oráculo de Delfos, representaba uno de los roles religiosos más enigmáticos de la antigua Grecia. En el templo de Apolo, donde se la consideraba un canal directo con la divinidad, entraba en trance y pronunciaba profecías que luego los sacerdotes interpretaban para los consultantes. Gobernantes, guerreros y ciudadanos la buscaban en busca de respuestas divinas sobre cuestiones cruciales como guerras, cosechas y decisiones políticas.
Desde que conocí su historia, la figura de la pitia ha ejercido sobre mí una atracción especial. Más allá de la imagen mítica, la veo como un personaje complejo, atrapado entre dos mundos: el humano y el divino. En su rol de intermediaria y portadora de mensajes que no le pertenecen, vive en una tensión constante entre la palabra y el silencio, entre lo consciente y lo inexplicable. Me fascina su capacidad de ser voz sin ser autora, de permitir que el mensaje fluya a través de ella como una fuerza ajena e incontrolable.
Este es un relato producto de un ejercicio de escritura; surge de mis lecturas sobre la historia de la pitia, esa figura enigmática que se disuelve en cada profecía, que habla pero no es autora de sus propias palabras. Quise transmitir algo de esa voz interior suya, una voz que se va confundiendo con la de los dioses y pierde sus propios límites. Al adentrarme en su perspectiva, en su conexión misteriosa con el oráculo, lo que surgió fue otra historia.
«Soy la Sibila, la que camina entre los mortales pero no pertenece a su mundo. Los hombres y mujeres se apartan a mi paso; sus manos rozan el aire a mi alrededor, pero no me tocan. Avanzo hacia la fuente de Castalia; mis pies descalzos sienten los escalones, su mármol frío. Me deslizo, encadenada al tiempo y a profecías que no me pertenecen. El monte Parnaso se alza sobre nosotros, imponente. Soy apenas un hilo entre los dioses y los hombres; la que habla pero no es escuchada; la que entrega el mensaje y luego se disuelve en él. Bajo mi velo, el aire se enreda en mi aliento. Me pregunto por qué mis palabras deben caer sobre los demás como piedras en el agua. Ni dice ni oculta, sólo indica, susurra Heráclito en mi memoria. Este destino mío, siempre atrapado.
Me he convertido en el recipiente de un poder ajeno. Mis palabras nacen y mueren al salir de mi boca; se disuelven en el aire, dejan de ser mías. Avanzo hasta el adyton, ese espacio sagrado y prohibido en el templo de Apolo. Me siento en el trípode, una silla alta y modesta, muy lejos de la imagen de un trono. Aquí, en este punto, bajo la roca sibilina, los dioses se muestran en sus formas más crudas. Alguien me ofrece ramas de laurel y mastico las hojas. El sabor amargo inunda mi boca, y se extiende como un veneno sagrado que recorre mi cuerpo. Me invade el mareo, los sonidos se difuminan, y la cítara que suena afuera se convierte en un eco lejano, tan distante como mi vida en este momento. Entonces, mi cuerpo se abandona; las palabras se abren paso, con una fuerza que no puedo detener. Veo las sombras frente a mí: figuras que se disuelven en el aire, consultantes que esperan, sacerdotes que se inclinan, pero sus rostros se desdibujan. Tampoco veo mis manos. Siento el vértigo del trance, una caída hacia un abismo donde la voz que habla no es mía; las palabras brotan de mí como un río oscuro. Las palabras surgen sin control, como si cada sombra en las paredes las dictara; son de Apolo, de Gea, de todos los dioses que me rodean en esta oscuridad. Enséñame el camino y ábreme las sagradas puertas, murmuran.
Al pronunciar la profecía siento cómo se desvanece de mis labios, desmigajándose en el aire, escapando, como si jamás hubiera estado dentro mío. El consultante espera ansioso una respuesta, permanece con los ojos clavados en mí, como si en esas palabras que han dejado de ser mías pudiera encontrar algún consuelo. Pero yo no siento nada.
Sigo temblando, sentada sobre el trípode, con el amargor del laurel impregnando mi boca. En las sombras de este templo, me consumo poco a poco; soy la que se queda atrás mientras los dioses hablan, y a la vez, soy el rostro que mira hacia el vacío, sin respuestas. El peso de mi túnica me ancla a este sitio, el velo se desliza sobre mi cabeza y mi mirada vaga, perdida en los pliegues de las túnicas de los sacerdotes. Al final de cada profecía, regreso a esta quietud, a esta vacuidad. Me sostengo en el aire y siento cómo mi ser se vacía, entregándose a este rol sagrado y ajeno. Al terminar, el hombre aún me mira con los ojos fijos, expectantes. En el aliento de mi boca, en cada palabra, dejo de ser Silvina y me convierto en nada más que una sombra en el ojo de los dioses.»
