Lárnaca no amanece: se inflama.
Empieza por los párpados, por esa delgada línea entre el sueño y la vigilia, y una especie de fiebre se instala en mi cuerpo. Primero, una punzada, como si el sol ardiera desde el interior. La ciudad no amanece: se enciende. El aire se posa sobre la piel de las cosas como un manto tibio, y todo parece arder en cámara lenta: los tejados, el asfalto, las primeras voces, el murmullo del tráfico.

Desde la ventana observo el mar. Está tan cerca, pero no calma. Y, sin embargo, Lárnaca cada día me gusta más.
Las calles, irregulares como los recuerdos; el tiempo, medido en relojes británicos que obligan a vivir más temprano.
El espejismo de vacaciones que ofrece la playa: los turistas corriendo por la orilla, los niños que gritan, la música que llega desde algún bar, las risas, los pareos al viento. Todo vibra, se mueve, avanza. Pero basta alejarse del mar para que todo eso se desvanezca. Como si la ciudad recordara que también es rutina, polvo y lentitud.

Aquí me descubro distinta. Más valiente, más habladora, capaz de contarle cosas a los gatos callejeros.
Me cruzo con historias que la ciudad me regala: una mujer filipina que me sonríe con todos los dientes en la parada del autobús; Giorgio —o Jorgito, como él se presenta entre risas, con su español precario— me pregunta cómo estoy hoy, como si me conociera de toda la vida. Me enseña las fotos de sus nietas y llora un poco.
Cris, la librera, acaricia el lomo de los libros como si fuesen hijos mientras me habla de autores chipriotas con un inglés exquisito. Y yo la entiendo perfectamente. Porque el amor a los libros no necesita traducción.

Lárnaca es eso: una ciudad que va más lenta que mi cuerpo, que mis pensamientos.
Y esa lentitud —bendita sea— me obliga a detenerme y a habitar este lado del mundo sin sentir que me estoy perdiendo algo en otro lugar.

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