El sol comienza a esconderse detrás del edificio que está justo frente al café donde escribo. Aunque ha llegado el otoño, el ventilador sigue girando sobre mi cabeza, agitando el mismo aire de siempre, como si insistiera en recordarme algo que aún no logro descifrar. Desde mi mesa se cuelan los sonidos de la calle: el chirrido de una moto que se aleja, unas voces en griego que conversan animadamente, el flujo constante de coches que se deslizan por Ayiou Lazarou como un río interminable.


Hace años que escribo desde ciudades que no son mías, que apenas conozco. Pero en cada una encuentro una forma de conectar, de descubrir desde dónde escribir. Tal vez la filósofa Rosi Braidotti tenga razón: el verdadero sujeto nómada no es solo quien se mueve físicamente, sino quien habita el tránsito entre lo que es y lo que podría ser. Una figura que se escapa de las identidades rígidas, que no se aferra a un lugar ni a una categoría fija.
Me veo reflejada en esa imagen. Como mujer, escritora y migrante, sé lo que significa desafiar etiquetas, cruzar fronteras culturales, emocionales y literarias. Haber vivido en sitios tan diversos me enseñó que no necesito definirme por el lugar del que vengo, pero tampoco por los géneros que otros imponen a la escritura. Soy, como sugiere Braidotti, un sujeto en movimiento, siempre en proceso de devenir algo distinto. Las ideas se transforman con cada nuevo espacio que habito. Yo también.


La creatividad, en su forma más pura, también es nómada. No se deja encerrar en un solo lugar ni bajo una sola definición. Se alimenta del cambio, de la diversidad de miradas, de la apertura a lo inesperado. Así como el nomadismo implica desplazarse, la creatividad también viaja, se adapta, muta. En mi caso, escribo no solo desde lo que me rodea, sino también desde los paisajes internos que emergen mientras atravieso distintos contextos. Esa escritura no tiene raíces fijas; de algún modo, siento que está en constante transformación.


Lo que hoy escribo aquí, en este café de una ciudad costera de Chipre, podría haber surgido en otro rincón del mundo. O no. Tal vez estas palabras solo podían surgir aquí, bajo esta luz dorada que se posa sobre los edificios y esta brisa que llega desde el mar, arrastrándose suave entre las mesas del café.

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